Helena

Introducción

Helena es médico, consagrada y miembro de la comunidad de los Apóstoles de los Corazones de Jesús y María. Vino a hablar del Corazón de Jesús y de cómo Él se hace presente, de manera concreta y real, en la vida cuando esta se quiebra, cuando deja de estar bajo control y cuando aparecen cruces que no se eligen.

Su testimonio, compartido en el marco de una jornada de oración, no es una reflexión teórica ni una lección moral. Es el relato de una vida entregada y atravesada por la enfermedad, vivida desde la fe, con verdad, sin idealizar el sufrimiento y sin esconder la fragilidad.

Os dejamos con su testimonio, pero os avisamos: sacad pañuelos.

Presentación

Me llamo Helena. Soy médico y soy consagrada. Conocí al Señor con dieciocho años y, poco después, Él me llamó a una vocación concreta: evangelizar en medio del mundo, desde dentro del mundo.

Tenía veintiún años cuando respondí a esa llamada, y hoy tengo cuarenta y cinco. Llevo, por tanto, más de la mitad de mi vida en esta comunidad, los Apóstoles de los Corazones de Jesús y María, gracias a nuestro fundador, el padre Rojas, que fue quien me enseñó a conocer y amar el Corazón de Jesús.

Hoy no vengo a hablar de mi, sino de los regalos que me ha hecho el Señor

Helena

Hoy no vengo a hablar de mí. Vengo a contar los regalos que el Señor ha hecho en mi vida… y los que sigue haciendo en la vuestra. Porque esto no va de mi historia personal. Va del Corazón de Jesús.

La clave evangélica: seguir a Cristo cargando la cruz

Hay una frase del Evangelio que ha iluminado siempre mi manera de entender la vida cristiana: «El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz y me siga» (Mt 16,24). Es una frase exigente, que no se puede suavizar sin perder su verdad.

Negarse a uno mismo no es algo abstracto. Es muy concreto: levantarse cuando no apetece, no poner siempre la propia comodidad en el centro. Y solo después de eso —no antes— llega la cruz. No como una idea bonita, sino como la vida misma cuando duele y no encaja en nuestros planes.

He aprendido que la cruz no es un obstáculo para seguir a Cristo, sino el lugar donde Él se hace camino y presencia. No se trata de buscar el sufrimiento ni de idealizarlo, sino de descubrir que, cuando la cruz llega —porque siempre llega—, Cristo camina dentro de ella con nosotros.

Primera gran cruz: la esclerosis múltiple

La primera gran cruz llegó cuando tenía treinta y tres años, con el diagnóstico de una esclerosis múltiple. Como médico, sabía bien lo que significaba. Los síntomas habían empezado antes, pequeñas señales que una va dejando pasar hasta que ya no se pueden ignorar. Yo misma pedí las pruebas y, al ver la resonancia, supe que algo serio estaba ocurriendo.

Desde entonces, mi vida cambió de forma progresiva. Cada año trajo nuevas limitaciones: cosas cotidianas que antes hacía sin pensar y que poco a poco dejé de poder hacer. Nunca he vivido esta enfermedad como un castigo. Al contrario, siempre la he entendido como una cruz permitida por el Señor, una oportunidad de unirme más a Él.

Eso no la hace fácil. La enfermedad pesa, para quien la vive y para quienes acompañan. En mi caso ha afectado sobre todo a la movilidad, hasta necesitar a veces una silla de ruedas. Y, sin embargo, en medio de todo eso he aprendido algo esencial: que mi vida no es mía, sino de Jesús. Aceptarlo no siempre se entiende ni se vive sin dolor, pero es ahí donde uno aprende a abandonarse de verdad en las manos de Dios.

Helena2

La cruz como tesoro ofrecido

Con el tiempo he entendido la enfermedad como un verdadero tesoro. No porque el sufrimiento sea agradable —no lo es—, sino porque vivido con Cristo adquiere un valor inmenso. Cuando apareció la esclerosis múltiple, yo sentía que el Señor me estaba confiando algo precioso, algo que podía ofrecer.

Ofrecer el dolor cambia completamente la manera de vivirlo. El sufrimiento deja de ser estéril y se convierte en una forma de amar. Se puede ofrecer por los tuyos, por la Iglesia, por el mundo, por personas concretas que están pasando momentos difíciles. De pronto descubres que, incluso en la fragilidad, puedes hacer mucho bien.

San Pablo habla de llevar un tesoro en vasijas de barro. Yo me he sentido muchas veces así: frágil, limitada, quebradiza… y, sin embargo, portadora de algo muy grande.

No se trata de idealizar el sufrimiento ni de buscarlo, sino de reconocer que, cuando llega, puede convertirse —si se une a Cristo— en un lugar fecundo, lleno de sentido y de vida.

Segunda gran cruz: el cáncer de mama

Cuando mi vida parecía ya adaptada a la esclerosis múltiple, llegó una segunda cruz inesperada: hace aproximadamente un año y medio me diagnosticaron un cáncer de mama.

El impacto fue grande. Ya convivía con una enfermedad y resultaba difícil entender por qué tenía que afrontar otra más. El tumor era importante y el tratamiento fue especialmente duro: quimioterapia, cirugía, radioterapia y, cuando parecía que todo había terminado, nuevos ciclos de quimioterapia. Todo ello en un momento vital complejo.

Esta segunda enfermedad, sin embargo, me regaló una enseñanza decisiva. Si la esclerosis me había ayudado a ofrecer y a entregarme, el cáncer me mostró con claridad que yo no llevo mi vida, que no la controlo. Me hizo caer en la cuenta de lo frágiles que somos y de cómo todo puede cambiar de un día para otro.

Y, paradójicamente, ahí encontré una paz nueva: la de saber que no soy yo quien sostiene todo, sino que es Jesús quien me sostiene a mí. Incluso en medio del miedo y la incertidumbre, he experimentado que el Señor no quita la cruz, pero acompaña dentro de ella, enseñándome que confiar es vivir sabiendo que la vida entera está en Sus manos.

«Tú estás al mando»: la imagen del piloto

Hay una imagen que me ha ayudado mucho a entender qué significa confiar de verdad. La leí una vez y se me quedó grabada.

Piloto y Copiloto

Los pilotos de avionetas pequeñas suelen volar de dos en dos por seguridad. Si a uno le ocurre algo, el otro puede hacerse cargo de los mandos. Pero para que eso funcione, hay algo esencial: no pueden llevar los dos el control a la vez. Antes de despegar, uno tiene que asumir claramente quién está al mando.

Con Dios pasa lo mismo. Cada día hay que sentarse con Él y decírselo de verdad: «Tú estás al mando». No solo cuando todo va mal, sino todos los días, porque la tentación de querer controlar vuelve constantemente.

Cuando uno acepta que es Dios quien pilota, cambia la manera de vivir. No desaparecen las turbulencias, pero llega una paz profunda: la de no tener que controlarlo todo y poder descansar en unas manos que sí saben llevar la vida a buen puerto.

El pack indivisible: cruz + gracia

Nuestro fundador solía decir algo que a mí me ha ayudado muchísimo a vivir con más paz: cuando Dios permite una cruz, nunca la envía sola. Siempre viene acompañada de la gracia necesaria para llevarla. Es un pack indivisible. Cruz y gracia llegan juntas.

El problema es que muchas veces queremos la gracia antes de la cruz. Nos adelantamos. Vivimos angustiados pensando: «¿Y si me pasa esto? ¿Y si enfermo? ¿Y si pierdo a alguien? ¿Y si no puedo con ello?». Pero esa gracia no llega antes, porque la cruz todavía no ha llegado. Y entonces lo único que tenemos es miedo.

Cuando la cruz aparece de verdad —no cuando la imaginamos—, Dios da también la gracia concreta para ese momento concreto. No antes y no después. Si llega la enfermedad, llega la fuerza para atravesarla. Si llega una pérdida, llega la gracia para sostener el dolor. Si llega una prueba, llega también la ayuda necesaria para no hundirse.

Entender esto cambia la manera de vivir. Nos libera de la ansiedad anticipatoria y nos devuelve al presente.

Dios no nos da hoy la gracia para las cruces de mañana, porque hoy no la necesitamos. Nos da la gracia justa para el hoy. Y eso es suficiente.

Por eso preocuparse de antemano no solo no ayuda, sino que nos roba la paz. Vivimos cargando cruces que todavía no existen, sin la gracia que las acompaña. Aprender a confiar es aceptar este orden de Dios: vivir el hoy, y dejar que Él se encargue del mañana.

Cuando no se puede hacer nada, estás dando todo

Hubo momentos, especialmente durante el tratamiento del cáncer, en los que no podía hacer prácticamente nada. No tenía fuerzas, no tenía ganas, no tenía cabeza. Para alguien activa, acostumbrada a hacer, a servir y a estar en marcha, aquello fue muy desconcertante.

Me sentía vacía, cansada, como aplastada por el propio cuerpo. Había días en los que no podía rezar como antes, ni pensar con claridad, ni siquiera leer. Y ahí entendí algo muy importante: cuando uno no puede darle a Dios sus capacidades, sus talentos o su energía, es cuando de verdad se lo está dando todo. Porque ya no se apoya en nada propio.

La oración, entonces, se vuelve pobre. Y esa oración pobre tiene un valor inmenso. Rezar como se puede, no como se quiere. A veces una jaculatoria, otras veces un silencio largo, otras simplemente estar delante de Él sin decir nada. También los sacramentos han sido un gran sostén. La misa, aunque fuera cansada y costosa, me daba una fuerza que no encontraba en ningún otro sitio. Aunque muchas veces no me enterara de nada, salir de misa me dejaba sostenida.

Ahí aprendí que no hacer nada, cuando se vive con amor, no es perder el tiempo. Es ofrecerlo todo.

El valor escondido del sufrimiento

Hay algo que solo se entiende del todo cuando se mira la vida desde la eternidad. Ahora el sufrimiento nos pesa, nos incomoda y lo evitamos como podemos. Pero llegará un día en el que comprenderemos su valor.

He pensado muchas veces que, cuando nos encontremos con el Señor, probablemente desearemos haber sabido ofrecer más, haber sabido sufrir un poco mejor. No porque el dolor sea bueno en sí mismo, sino porque unido a Cristo adquiere un sentido que ahora apenas intuimos.

En la cruz se abre el Corazón de Jesús. Es ahí donde Él se entrega del todo, donde ama sin medida. Por eso la cruz no es solo algo que soportar, sino un lugar donde encontrarse con Él. Donde el sufrimiento, vivido con amor, deja de ser absurdo y se convierte en fecundo.

Ser cireneos unos de otros

El Cirineo

La enfermedad también me ha enseñado a dejarme ayudar. A aceptar que necesito a los demás. Muchas personas han sido cireneos para mí: empujando una silla de ruedas, acompañando, cuidando, estando.

Y eso me ha hecho ver la importancia de ser también cireneos para los otros. Cuando vemos a alguien sufrir, no siempre podemos quitarle la cruz, pero sí podemos ayudarle a llevarla. A veces con gestos pequeños, otras simplemente con la presencia.

La comunidad, el cuidado mutuo y el acompañamiento son lugares donde el amor de Dios se hace visible. Nadie está llamado a cargar solo.

«¿Me dejas que elija por ti la vida que te hace falta?»

Recuerdo una experiencia de cuando tuve que elegir plaza en el MIR. No pude acceder a la especialidad que yo quería y me enfadé con el Señor. No entendía por qué me tocaba ese camino.

Buscando consuelo, abrí un libro de oraciones en el que Dios hablaba al alma. Y me encontré con una frase que me desarmó: «¿Me dejas que elija yo mismo la vida que te hace falta? ¿No ves que te he hecho a medida?».

Esa frase se me quedó grabada. Dios no improvisa. La vida que nos da no es un error ni una chapuza. Está hecha a medida, incluso cuando no la entendemos ni la habríamos elegido. Dejarle elegir es, en el fondo, confiar.

La vida como un viaje confiado

Con el tiempo he aprendido a mirar la vida como un viaje organizado por Dios. No uno improvisado, sino preparado con cuidado. A veces el hotel es cómodo, otras veces es incómodo. A veces hay aire acondicionado y otras veces no. Pero el viaje tiene sentido.

Dios cuida los detalles, incluso cuando nosotros no los vemos. Y si hoy toca hospital, pues toca hospital. Si toca enfermedad, toca enfermedad. No porque sea bueno en sí mismo, sino porque Él está ahí, acompañando cada etapa.

Vivir así libera de muchas preocupaciones. Ya no se trata de controlar, sino de dejarse llevar, sabiendo que el Padre no se equivoca de camino.

Despedida

Todos tenemos una cruz. Unos más visible, otros más escondida. Ninguna es mayor ni menor: es la que cada uno necesita.

Os animo a ponerle nombre a vuestra cruz, a agradecerla —aunque cueste—, a ofrecerla y a vivirla con Cristo. Y también a ayudar a llevar la cruz de los demás.

Unirse al Corazón de Jesús es, sobre todo, unirse a Él en la cruz. Porque es ahí donde su amor se hace más grande, más verdadero y más fecundo.